transmediterranea - acciona
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Franck Vervial

Continuamos nuestra travesía por el abecedario marítimo y levamos el ancla para conocer las palabras que nos esconde la letra “E”. Esperando no encallar, navegamos a toda vela de empopada, recibiendo el viento de popa a proa.

 

Nos esperan tres islotes enfilados, trazando una línea recta de 10 kilómetros llena de una espectacular vida marina. El viento se encalma y nos acercamos con cuidado y el mayor sigilo al perímetro de la primera isla, procurando que la estela de la embarcación no ahuyente a las llamativas especies que habitan estas aguas. Identificamos un arrecife con similar envergadura que la eslora del barco, la misma longitud, y nos deleitamos durante una hora con los colores y destellos de la vida que alberga, más propios de un documental que de la vida real.

 

Estimamos nuestra posición y cuánto nos queda para llegar al próximo destino, viramos a estribor para recuperar la posición inicial, y seguimos rumbo al segundo islote. Empieza a arreciar el viento, y no tardamos en sentir que el barco se escora, mientras, segundos después,  una lata de refresco empieza a rodar por la cubierta debido a la inclinación.

 

Sin quererlo, perdemos el rumbo y nos aproximamos a otra pequeña isla, más bien un pequeño islote rocoso en medio del mar. Para asegurarnos de no tocar fondo, con el escadallo, un peso de plomo, medimos la profundidad y decidimos salir de ahí antes de dañar la embarcación con los fondos rocosos de la zona.

 

Finalmente decidimos dar media vuelta y regresamos al puerto. Volveremos a intentarlo en la próxima salida, estudiando de nuevo las distancias, las profundidades y peculiaridades de esas aguas, para evitar contratiempos y conseguir llegar sin errores al tercer islote llamado “F”.

 

Foto | Frank Vervial