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faro 3 (Javier Medina)

 

Alto, angosto, lejano, solitario, guía, luminoso, esperanzador… hay tantos adjetivos como faros por describir. La luz que marca el camino, el amparo que vislumbra la costa, la calidez que te acerca al hogar. El faro es, desde tiempos romanos hasta la era de la tecnología, el referente que guía a los navegantes hacia tierra firme, el que nos aporta la seguridad natural de la luz. Es una señal en el confín de la frontera entre la seguridad de la firmeza y la incertidumbre de la mar, tan viva como desconocida.

 

Los faros transforman la costa creando una atmósfera única y haciéndonos sentir desde el romanticismo de una primera cita, hasta la desconfianza hacia un escenario propio de un thriller. 187 faros guardan nuestras costas y guían a nuestros marineros. En Almería encontramos 9 de ellos, algunos dignos de fotografía como el faro de Cabo de Gata, encendido en 1863 y sospechoso de haber sido utilizado por los servicios secretos británicos para transmitir señales a los submarinos alemanes en la I Guerra Mundial; o el situado en la Punta del Sabinal, un paisaje dispar testigo de varios hundimientos en la Gran Guerra al que solo podéis acceder por una carretera estrecha de 15km desde el pueblo de Roquetas.

 

En Algeciras nos alumbra el faro del Camariñal, en el Cabo de Gracia, situado sobre una antigua torre almenara del siglo XVI y construido según el modelo cilíndrico de la época, con una escalera de caracol inscrita en el muro. Pero si os atraen los acantilados y la sensación de peligro, en las Islas Baleares encontraréis los faros que más se asoman al filo. El faro de Capdepera a 58 metros de desnivel en la punta más oriental de Mallorca, los dos faros de la isla Dragonera, o el anclado a 142 metros de altitud en el Alto de la Mola, Formentera, son algunos de los focos más intrigantes. El islote de Botafoc en Ibiza, no siembre fue como lo conocemos. Hace tiempo ni él ni la isla Grossa estaban unidos a la costa, obligando a los barcos a atracar fuera de la bahía y utilizar embarcaciones menores para cargar productos como la sal, principal mercancía de la isla. Por ello, en 1861 se encendió el faro, que hoy en día podemos visitar a pie gracias a los diques que unieron los islotes con tierra firme. La lista continúa entre historias de batallas, de vueltas a casa y reencuentros que albergan los faros que recorren nuestro litoral.

 

Pero si hablamos de los faros, no podemos olvidarnos de quienes les dan vida y los mantienen, aquellos  que se entregan al retiro y la soledad para salvaguardar la seguridad de los navegantes. Los fareros, relegados la mayoría por la tecnología, entregan su vida al faro para ser guardianes del silencio y las historias que rodean a este oficio poético en vías de extinción. Solo la mitad de los faros en nuestro país están habitados, por lo que se planea dar nuevos usos como el de la hostelería a estas instalaciones, como en el caso de El Far (Costa Brava) o O Semáforo (Finisterre), abriendo al público los que sin duda serán algunos de los mejores miradores de nuestra costa.

 

“Se imaginaba que la noche no podía ser noche sin su luz, creía que ésta era la única estrella a flor de tierra pero sobre todo a flor de agua, y hasta se hacía la ilusión de que su clásica intermitencia era el equivalente de una risa saludable y candorosa.” Mario Benedetti, El Faro.

 

Foto | Javier Medina